Informa Lanzarote

“Infodemia de locos”, por Álex Salebe

La Organización Mundial de la Salud (OMS) introdujo el vocablo en el ecosistema informativo durante los primeros meses de la pandemia, a principios de 2020, para definir y advertir del exceso de información sobre la crisis sanitaria —falsa o verdadera— que inundó medios de comunicación, redes sociales e infinidad de páginas web. Allí aterrizamos en la búsqueda natural e insaciable acerca del virus que terminó de descolocar al planeta.

Pertinente, además, por parte de la OMS, en un escenario con negacionistas y profesionales del bulo que ejercían de científicos, como Donald Trump —el ahora salvador del mundo—, que sugirió a la población tratar el covid-19 con inyecciones de desinfectante, y otros personajes españoles indescriptibles como el cantante Miguel Bosé o el pseudoperiodista Iker Jiménez, de dudoso compromiso con la veracidad, vertiendo opiniones e informaciones (especulaciones) sin fundamento científico.

La palabra infodemiología fue acuñada en 2010 por el prestigioso médico e investigador alemán Gunther Eysenbach, versado en cibermedicina. Los expertos definen hoy el término como la ciencia de la distribución y los determinantes de la información en internet o en la población, con el objetivo de informar sobre la salud y las políticas públicas.

Toleramos una sobreabundancia de información durante el covid, pero hoy la infodemia, usurpando el vocablo, se multiplica desde partidos y actores políticos, influencers y medios de comunicación, incontinentes con todo lo que sea materia de opinión o no, y en el peor de los casos sin investigar, contrastar u ordenar motivaciones razonadas.

Nos atropellan informaciones falsas y bulos malintencionados en una muy consciente estrategia de guerra cognitiva de la desinformación, que diluye la realidad para favorecer intereses personales, partidistas o corporativos.

Lo estamos viendo con la tragedia del terrible accidente ferroviario en la provincia de Córdoba. Mal estamos si gran parte de un espacio informativo o de análisis de la actualidad tiene que dedicarse a desenmascarar bulos propagados con montajes de IA sobre imágenes de un accidente donde murieron 45 personas y 126 resultaron heridas.

Cero respeto a la memoria de las víctimas y sus familiares; cero respeto a los cuerpos de seguridad y emergencia que atendieron el siniestro; cero respeto al voluntariado organizado y a vecinos y vecinas que, en un primer momento, llegaron solidariamente hasta el lugar del suceso para auxiliar a los heridos; y flagrante violación del derecho ciudadano reconocido en el artículo 20 de la Constitución Española, en el capítulo de Derechos y Libertades: “a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión”.

Es evidente que este derecho, como otros tantos derechos fundamentales, no solo no está siendo protegido, sino que tenemos tan asumida la difusión de falacias que la prudencia nos invita a esperar la comprobación del periodismo de verificación (fact-checking) para sopesar y saber, en definitiva, cuánto hay de verdad o de mentira.

Todos los días tenemos agitadores a sueldo en redes sociales; ignorantes que repiten como loros lo que dictan partidos políticos, asociaciones o colectivos vinculados a ellos; políticos y políticas cínicos y de dudosa preparación —basta escuchar las barbaridades que dicen—; y medios de comunicación mercenarios que cobran chorros de dinero de administraciones públicas. Son los principales agentes de la desinformación que se pasean por la red, las cámaras, los micrófonos, la tinta y el papel con absoluta impunidad.

“Lee para que no tragues entero”, desde niño me repetía mi padre y algún que otro profesor o profesora. Tenemos un problema serio con la falta de lectura, comprensión lectora y escucha entre la juventud, ensimismada y consumidora de información casi exclusivamente en redes sociales y, por tanto, mucho más expuesta a la tiranía del algoritmo, que predice gustos, cambia hábitos de consumo y dirige la atención hacia intereses ajenos. Más emoción que reflexión.

Preocupa la apatía hacia la investigación, hacia la búsqueda de elementos de análisis llamando a la puerta de distintas fuentes. Preocupa el desconocimiento de la historia: hay jóvenes a los que se les hace añorar tiempos dictatoriales manchados de sangre y horror.

La última evaluación internacional que mide el rendimiento del alumnado de 15 y 16 años en tres áreas básicas del saber —lectura, matemáticas y ciencias—, el informe PISA, publicado en diciembre de 2023, concluye que los estudiantes españoles bajan en comprensión lectora (el segundo peor dato histórico) y se sitúan por debajo de la media europea en matemáticas. Esos adolescentes evaluados en 2023 son hoy adultos jóvenes.

Si tenemos una producción desorbitada de información que nos llega a velocidad de vértigo desde distintos frentes, difícil de gestionar, ¿qué elementos de juicio nos quedan si no estamos preparados para analizarla? Sin darnos cuenta —o quizá siendo conscientes—, estamos siendo cómplices del exilio de nuestro espíritu crítico.

Scroll al inicio
Verified by MonsterInsights